Desde una
casa en una zona rural de Vermont, en Estados Unidos, Manheimer confecciona lo
que llama, sin pena ninguna, "correo chatarra", ese que contiene
publicidad y que la mayoría desprecia. Y es uno de los mejores en el mundo.
Es, me
dice, el trabajo perfecto para una persona introvertida. Y no es que me lo haya
dicho personalmente: sólo nos comunicamos por correo electrónico.
Manheimer
nunca se reúne con clientes. Prefiere pasear a su perro o alimentar a
sus caballos.
"Me
gusta la gente", afirma. "Pero no funciono en organizaciones con
políticas. Soy como un venadito, perdido y desvalido".
Sus
problemas son comunes entre los introvertidos, que representan la mitad de la
población. No son penosos, pero prefieren un ambiente menos estimulante, más
tranquilo y que permita pensar.
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